-Ven- Edward me extendió su mano, aún tenía perlas de sudor en la frente. ¡Santo Cielo! En algún punto el sonido de los latidos de mi corazón se habían confundido con los de mi respiración errática. Tomé su mano y me levanté del suelo. El me guió hasta la cama de sábanas de satén y colcha de plumas.
Toda yo eran ojos expectantes.
-Túmbate- ordenó, parece que su muy Dom Alter Ego ha regrezado. Hize lo que me dijo. Las plumas acariciaron mi piel, logrando relajarme. El caminó hacia el clóset rojo y sacó algo, una tela que enredó en su puño. Al acercarse a mí, me di cuenta de lo que era, una larga y fina tira de seda roja. La estiró entre sus manos y se acercó a mi
-No vas a ver Isabella, sólo vas a sentir- murmuró y fué lo último que vi. Anudó la tela al rededor de mis ojos -Tranquila- dijo -Hoy no usaremos nada de lo que te estás imaginando- me tranquilizó
Luego, sentí la misma sensación se suave tela al rededor de mis muñecas ¿Pero que...?
Como si pudiera leer mis pensamientos, me respondió -Solo vas a sentir, no vas a ver, ni tocar ni escuchar- ¿Cómo mierda va a conseguir que no escuche? me pregunte. Él, una vez más, contestó a mi pregunta no formulada -Para eso tus latidos y tu respiración ayudarán. Están sonando tan fuerte que apuesto a que apenas oyes mi voz- ¡Eso es tan cierto! ¿Cómo sabe?
-Abre las piernas- ordenó. Lo hize. -Quiero que gimas, grites, jadees. Que hagas todo lo que la sensación te cause emitir ¿muy bien?- a este punto yo convulsionaba de nervios y anticipación. Asentí.
Edward dejó de hablar y sentí cuando la cama se hundió bajo su peso. Al parecer, estaba entre mis piernas. Sentí la gota de algo caliente caer sobre mi clítoris
-¡Ah!- jadeé. El líquido caliente causaba un pequeño escozor y comenzaba a calentarse más y más provocando placer. ¡Oh Santa mierda! ¡Esto es demasiado!
Entonces fue que la Madrastra que vivía en mi me recordó el por qué estábamos aquí.
Respira Bella, respira. Me recordé
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